Historias de un amigo


                                        LOS  PEDIGÜEÑOS

En estos tiempos de crisis hay muchas personas que pasan más necesidades de las razonables y merecen no sólo nuestro respeto sino nuestro desinteresado y generoso socorro. Pero no voy a referirme a quienes las circunstancias económicas han puesto en una situación difícil y  precisan nuestra urgente ayuda; quiero hacer un comentario sobre los pedigüeños habituales, esos profesionales de la limosna que viven, seguramente bien, de la mal entendida caridad ajena.
No es admisible sufrir la presencia de esa cohorte de plañideras, la mayoría son mujeres, que se apostan en lugares estratégicos- las puertas de las iglesias, las entradas a los supermercados o las calles más concurridas-  con gesto compungido y mirada doliente implorando una ayuda del viandante que va a entrar a misa, a comprar el pan en la tienda de la esquina o a dar un paseo.

Esas mujeres -muchas de una etnia determinada y de una nacionalidad concreta, aunque hay también indígenas- van a pedir a su esquina o a su puerta  como si fueran a la fábrica. En muchos casos llegan a su lugar de “trabajo” en furgonetas conducidas  por sus controladores, una especie de  chulos que explotan a sus parejas o a sus hijas, obligándolas a  permanecer en su puesto sin excusa y sin importar que las condiciones meteorológicas sean adversas. No hemos visto ninguna pancarta de las feministas y demás congéneres quejándose de la explotación de esas mujeres que aguantan  muchas horas diarias a la intemperie para  pagar las necesidades de su  familia y los vicios de sus hombres. Con el respaldo de sus protectores, verdaderos mafiosos que imponen su ley en el oscuro mundo de la mendicidad,  se adueñan de los mejores puestos y los defienden con todo, que hasta reyertas ha habido entre sus macarras.

Desconocemos si hay alguna ordenanza  municipal  que regule la mendicidad en la vía pública, pero si no la  hay habrá que dictarla para prohibir ese hábito que ha atraído a las calles de Burgos   a unos vecinos poco deseables. Aquí se viene a trabajar. Los de fuera que quieran llegar a esta tierra a pedir o a delinquir que se queden en la suya. El mendigar, además de ser una forma de promover la holgazanería, está impidiendo que las limosnas que reciben esos pedigüeños,  al final del día las cantidades  pueden ser notables,  vayan a parar a personas que realmente necesitan una ayuda.
En la puerta de la iglesia de mi parroquia, en el centro de la ciudad, hay habitualmente cuatro mujeres pidiendo, con sus cajas de cartón, sus bolsas y banquetas, de tal modo que aquello parece un mercadillo y dificultan la entrada y salida del templo a los fieles. Incluso,  he visto pedir a un individuo dentro de la iglesia mientras se estaba celebrando la misa. Ya dicen los sacerdotes a los feligreses de los templos tomados por esta gente,  yo lo he oído varias veces, que no se les dé  limosna, que entreguen  sus donativos a Cáritas o a alguna persona que precise ser socorrida, que ahora hay muchas. Parece que esas recomendaciones, más que discretas, no sirven para nada y seguimos viendo a la abuelita o el abuelito de turno- la mayoría de los que dejan unas monedas son personas mayores- poniendo unos céntimos en manos de esos profesionales.
En una ocasión fui testigo de la recriminación que un feligrés hacía a una señora mayor por asistir a esas pedigüeñas que pedían en  la puerta de la iglesia. La buena mujer contestó que era una costumbre y que si no lo hacía sentía como un remordimiento.
Pues señora, si su conciencia se queda tranquila por incrementar con unos céntimos las ganancias diarias de esas trabajadoras de la limosna, aproveche para  licenciarla ahora que  el despido está barato, según dicen los sindicatos. Lo mejor que puede hacer es darla el  finiquito, porque si se vende por un poco de calderilla ni es conciencia ni es nada. Y siempre puede comprar otra a buen precio, que ahora todo está rebajado e incluso en   liquidación. Y lo que pensaba regalar a esas pedigüeñas, guárdelo y se lo entrega a Cáritas o se lo da a alguna familia necesitada, que en Burgos, sin ir más lejos, habrá unas cuantas.
En alguna ocasión sí que hemos visto a la policía identificar y no sabemos si sancionar - lo dudamos- a estos profesionales de la limosna, a vendedores ambulantes sin permiso, a los que limpian los parabrisas en los semáforos, a los aprendices de saltimbanquis, los falsos tullidos, los de las estampas y fotos de familias numerosas y otros pícaros de la calle, continuadores de aquellos que plumas ilustres de nuestro siglo de oro inmortalizaron en obras  que crearon un género -la novela picaresca- al que dieron su nombre los buscavidas de antaño. Pero, cuando lo hacen, siempre hay almas cándidas que critican la actuación de las fuerzas del orden y es frecuente oír la tontería de turno:
-Pobrecillos, si no piden tendrán que robar, qué van a hacer.
Pues señor, o señora, si son foráneos y no vienen a trabajar  que se vayan y si son indígenas, a currar y si ahora no hay tajo, a prepararse para cuando lo haya;  aunque hay una solución que dejaría satisfechas a esas personas tan bondadosas que siempre se ponen del lado del delincuente o el aprovechado, cuando lo oportuno sería apoyar a la policía, que es la suya y que trata de hacer cumplir las normas de convivencia que nos hemos dado y que con frecuencia se conculcan con impunidad.  Y la solución es sencilla y yo se la propuse a dos señoras que criticaban la actuación de la policía cuando trataba de identificar a unos manteros:          
-Miren, señoras, se llevan ustedes a sus casas un par de ellos cada una y solucionan el problema, al menos el  de esos cuatro.

 Pero, ante mi razonable proposición, se excusaron:                   -Es que tengo una pensión muy pequeña,  es que en mi casa no caben….
O sea, que una cosa es predicar y otra dar trigo.
He comentado estos asuntos con mi amigo Aurelio y dice con su socarronería de castellano viejo:

 -Los designios de los que mandan son insondables,  pero  no debemos justificar en la inacción de los demás nuestra propia pasividad y lo de los pedigüeños es fácil de resolver. Contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. No puede ser más sencillo. No se les da nada y solucionado. Y seamos generosos, que  éstos son tiempos que requieren de nuestra solidaridad, pero las limosnas que pensábamos entregar a esos profesionales hay que hacerlas  llegar a quienes realmente las  necesitan.


   
  
                                    José Luis López Trascasa
                                                              

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