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           La joya de la Princesa.

Querida Inés:
 Voy a contarte la historia del colgante que hoy te regalo. A mí me la ha contado el vendedor, un artesano de Asturias  al que conocí en la Feria de Cerámica de Burgos. No tengo motivos para dudar de la  veracidad de sus palabras.                                        
Dicen las  viejas crónicas de la Historia de España, gran país, que nuestro señor,  Su  Majestad el Rey don Carlos,  se casó con doña María Amalia de Sajonia. De este matrimonio nació el trece de junio  de mil setecientos cuarenta y cinco, día de  San Antonio, la princesa María Luisa.
Cuando el Rey se hizo cargo del trono español en mil setecientos cincuenta y nueve, un noble, el marqués de la Ensenada, regaló a la infanta María Luisa un colgante que había encargado al mejor ceramista de la Villa y Corte de Madrid.
Ese colgante, que la princesa lucía con orgullo, era su aderezo un día que salió de excursión por las inmediaciones de Madrid, en el monte de El Pardo. Hacía tanto calor que María Luisa se  acercó a  una fuente cercana para refrescarse con el agua fría que brotaba del manantial.  Para evitar mojar el colgante,  se lo quitó y lo dejó junto a la fuente, dónde quedó olvidado. Su dueña,  la princesa, no se  apercibió de la dolorosa pérdida y sólo descubrió su falta cuando regresó a palacio, pero ya era de noche y dejaron   la  búsqueda para el día siguiente.

Mientras tanto, un cazador furtivo que había ido al monte por la noche a poner lazos para los conejos, vio algo que brillaba al lado del manantial y lo cogió. Cuando llegó a casa, se dio cuenta de su valor y  lo guardó para que nadie conociera sus andanzas nocturnas por El Pardas, vedadas de caza. 
El colgante pasó varios  años escondido hasta  que el furtivo,  sintiéndose viejo,  se lo cedió a su hija para que se lo regalara a la nieta, una preciosa chiquilla de diez años.
Luego, la joya  fue pasando de madres a hijas hasta que, hace unos veinte años, María, la última mujer descendiente directa del  furtivo,  se casó con  un  ceramista. Como no tuvieron hijos decidieron exponer la pieza con el resto de las del artesano. Tenían el propósito de  vendérsela a quien les pareciera adecuado. No permitirían  que la comprara alguien a quien no consideraran digno  de tal maravilla, alguien incapaz de apreciar la belleza de la joya. Fueron muchos a los que no se la vendieron alegando que aquella era la expuesta  y no  estaba en venta.
 Y así pasó el colgante estos últimos años, de feria en feria, siempre expuesto pero nunca vendido, hasta que  llegó al puesto del ceramista un hombre ya no joven, pelo blanco,  que dijo al vendedor después de admirar largamente la joya:
-Es un colgante digno de una  princesita. Lo quiero para mi nieta.
 El artesano no lo dudó y se lo vendió, porque sabía que estaría en buenas manos;  pasaría de una princesa a otra princesa. Y tu abuelo, el señor que quería un colgante para su nieta,  te lo da a ti. ¡Qué lo disfrutes!
                   
                                    José Luis López Trascasa
                                                              

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