Historias de un amigo

                                
                                        VIEJOS CAZADORES


La evolución de la caza durante los últimos sesenta años ha sido notoria   y  se  han producido cambios importantes en la forma de practicar nuestra     afición desde la década de los sesenta.

Seguramente ha sido la irrupción del motor, que ha revolucionado las labores agrícolas y ha popularizado el uso del automóvil, el hecho más determinante en los cambios producidos.

La mecanización del campo ha traído consigo muchas alteraciones en el entorno natural. Se ha deteriorado el hábitat de las especies cinegéticas menores con concentraciones parcelarias abusivas y formas de cultivo muy agresivas para la fauna y ha mejorado el de las especies mayores  al abandonarse los montes por la ausencia de ganado, sustituido por las    máquinas. Los  sucedáneos de la leña, butano y electricidad, que han llegado       a los hogares rurales también han favorecido el abandono de los mohedales.

Paralelamente a la mecanización de las tareas agrícolas, la proliferación  de automóviles ha permitido alcanzar los lugares más apartados y se han  llenado de aficionados terrenos que apenas conocían el paso de cazadores.

Estos cambios han afectado a la densidad de piezas - han aumentado las especies mayores y disminuido las menores - a la ordenación de los terrenos cinegéticos - antes libres, ahora acotados - y han alcanzado a algo tan    profundo como es la forma de entender la caza por el aficionado.

Hace sesenta años había pocos cazadores, sin duda porque se requería    un gran esfuerzo para practicar nuestra afición y el venador de tipo medio    era un hombre con notable dedicación, que consideraba la caza como una ocupación seria. Hoy,  para muchos poseedores de escopeta o rifle, la caza      es un simple pasatiempo que les ocupa unos días al año y no les supone   sacrificio alguno. Uno de los aspectos en que más se nota el cambio es en los desplazamientos.  El todo terreno  acerca con comodidad al aficionado hasta    el rastrojo o el puesto de montería, cuando seis décadas atrás, llegar al cazadero podía ser el mayor desafío de la jornada. Descartado el automóvil,    al alcance de muy pocos, al venador de Burgos le quedaban pocas opciones y   todas esforzadas.

Había quien salía a pie, porque en las proximidades de la capital se    podían armar perchas apañadas, sobre todo de codornices y  pueblos - hoy barrios - cercanos  como Cortes, Villimar, Villatoro, Quintanadueñas o  Villariezo eran    los lugares elegidos por los que no usaban más medio de transporte que sus piernas.

La  bicicleta era utilizada con frecuencia para más amplios desplazamientos a unas distancias donde no se llegaba andando. El viaje en aquellas máquinas nos hacía desear  prolongar la jornada en el monte para evitar  volver a pedalear con la escopeta a la espalda, el cajón del perro en       el soporte de la bici, el morral al hombro y en las piernas plomo, después de   varias horas de patear laderas y páramos.

Las motocicletas, muy escasas,  podían ser un suplicio en las duras mañanas de invierno. Yo utilicé una Guzzi Hispania de sesenta y cinco centímetros, con el cambio de marchas junto al depósito y recuerdo que el    frío era tan intenso que las rodillas se quedaban insensibles y, al parar,      apenas podía andar.

Quedaba el tren. El Chispas, que iba camino de Soria, era ocupado los   días de fiesta,  en buena parte, por cazadores que se apeaban repartidos  entre las estaciones del trayecto, desde Cojóbar a Barbadillo del Mercado.
El Chispas era, para unos,  el tren de Salas, mientras otros afirmaban   que era el de Soria; aunque, en puridad, era el de Calatayud y permitía llegar con comodidad hasta  las perdices de Revilla del Campo o las liebres de Cascajares que, sin los raíles, hubieran quedado fuera del alcance de los aficionados urbanos.
En otoño e invierno - la temporada de la perdiz - los domingos    bajábamos  a Misa al Carmen a las seis, una misa rápida y preconciliar. Los perros se  echaban, sin alborotar, al lado de sus amos  y,  si había algún revoltoso, el asunto se arreglaba con una patada a tiempo. Al salir, a la  estación, que  quedaba a un tiro de piedra de la iglesia y luego al tren.
Los cazadores, como llevábamos nuestros canes, estábamos obligados      a  ir en tercera, en unos asientos corridos de madera, aunque como decía  Anselmo:
- Es una bobada pagar más por ir un poco más cómodo una hora, cuando luego te vas a dar una paliza todo el día por las laderas.
Bien mirado tenía razón y los vagones se convertían en improvisadas tertulias sobre ruedas. A través de las ventanillas  se veían las parejas de bueyes con su andar cansino mientras tiraban del arado. En las vías, la locomotora de vapor que arrastraba alegre los vagones formaba parte del paisaje y era algo familiar y cercano.
Uno no puede evitar la nostalgia que siente al pensar en el viejo Chispas. Hoy las vías, abandonadas, están tristes como están tristes todas las vías sin tren.  
                                                                                    



                              José Luis López Trascasa
                                                              

1 comentario:

  1. Jose Luis muy bien explicado y con con buen humor.Un saludo nos veremos.

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